Mundo ficciónIniciar sesiónDomenic Villarreal sintió que el control que tanto le había costado construir durante el día se desmoronaba en un segundo. Al ver a la misma chica del ascensor ocupando su espacio más privado, su furor se mezcló con un deseo difícil de explicar, una chispa eléctrica que recorrió su columna vertebral y lo puso a la defensiva. La observó allí, con ese uniforme que le quedaba peligrosamente bien, pero con aquellas botas de vaquero desgastadas, las mismas que llevaba puestas en el ascensor.
—¿Qué diablos haces aquí? —Su arrogancia resonó en la sala como un trueno, golpeando directamente el corazón de Gema. Ella, presa del pánico, empezó a jugar con sus dedos, retorciéndolos en un gesto de nerviosismo puro. La presencia de Domenic es abrumadora; el penthouse, que antes le parecía grande, ahora se sentía minúsculo ante la sombra de ese hombre. —La señorita Erika me dio la oportunidad para trabajar, pero... no sabía que era para usted —respondió Gema, bajando la mirada. No fue capaz de sostenerle el contacto visual; la mirada de su jefe es tan fría, tan potente, que la intimidaba como jamás nadie lo había hecho en su vida. —Recoge tus cosas y vete —sentenció él, sin un ápice de duda. Gema sintió un vuelco en su corazón, una ansiedad brutal se apoderó de ella. El miedo a fallarle a su abuelo, a ver a su familia en la calle, fue más fuerte que su vergüenza. Vio cómo Domenic se quitaba el saco con un movimiento brusco, lanzándolo sobre el mueble de cuero con una elegancia descuidada que solo los hombres de su posición poseían. —No me iré, señor —dijo ella, tratando de que su voz sonara firme, aunque sus rodillas amenazaran con ceder. Domenic se detuvo en seco. Giró el cuello lentamente para volver a mirarla, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y burla. —¿Acaso no sabes con quién estás hablando? —Con mi jefe —respondió Gema, pasando saliva con dificultad. Se obligó a enderezar la espalda—. Pero no me iré. Sé que usted tiene una mala impresión de mí, pero puedo demostrarle... —Por supuesto que la tengo —la interrumpió él, dando un paso intimidante hacia ella—. ¿Acaso no ves el lugar en el que estás?— Cada palabra de Domenic era un dardo envenenado. Gema respiró profundo, sintiendo el ardor de las lágrimas picando en sus ojos. Él sí que sabía cómo hacer sentir mal a las personas, cómo desnudarlas de su dignidad. —El jefe soy yo —continuó él, con voz demandante—, así que si digo que estás despedida, es porque así es. Recoge tus cosas y vete. Ahora. Domenic le dio la espalda, restándole toda importancia, y tomó asiento frente a la mesa para cenar. Gema se quedó allí, paralizada. La desesperación la empujó a dar un paso hacia él, rompiendo la distancia de seguridad que él tanto valoraba. —Amo Villarreal... —procedió a decir ella. Domenic se tensó visiblemente al percibir su acercamiento. El término "Amo" sonó en los labios de Gema con una suavidad que lo irritó y lo atrajo al mismo tiempo —Deme la oportunidad —le rogó, humillándose internamente por un bien mayor—. Mañana la señora Erika traerá zapatos adecuados para mí. Intento hacer lo mejor posible y sé... es notable que desde que nos vimos en el ascensor me ha rechazado. Pero yo necesito, necesito realmente este trabajo. Hizo una pausa dramática, esperando una reacción. Domenic, sin embargo, no dijo una sola palabra. Agarró los cubiertos de plata con arrogancia y comenzó a servirse un poco de la ensalada. El silencio de su jefe se extendió por el comedor como una sentencia de muerte. Gema sintió que ese vacío era la respuesta más dolorosa: un "vete de aquí" silencioso que no admitía réplica. —Entiendo, señor —susurró ella, con un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar—. Discúlpeme por ocasionarle molestias. Iré por mis cosas. Se giró sobre sus talones, sintiendo que sus sueños de salvar la hacienda se desvanecían con cada paso hacia la habitación de empleados. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, nublándole la vista. Mientras tanto, Domenic, manteniendo su máscara de indiferencia, cortó un trozo de carne perfectamente sellado.Lo hundió en la salsa de tamarindo, cubriéndolo con esa mezcla brillante y aromática, y lo llevó a su boca.
El mundo de Domenic Villarreal se detuvo por un instante. Su paladar se deleitó con una explosión de sabores que no esperaba; jamás había probado una carne tan jugosa, con una salsa que equilibraba lo dulce y lo ácido de una forma maestra. Masticó suavemente, cerrando los ojos por un segundo ante el placer culinario, mientras observaba de reojo cómo la silueta de Gema se alejaba con los hombros caídos. —Detente —ordenó él con una determinación que detuvo el tiempo. Gema se frenó en seco. Sus piernas empezaron a temblar de nuevo. No sabía si girarse o si el desespero le estaba haciendo escuchar cosas. —Un error... y te vas. ¿Entendiste? —preguntó Domenic, sin dejar de mirar su plato, aunque su mente estaba fija en la figura de la chica. Ella se giró con una valentía renovada, secándose rápidamente el rastro de una lágrima con el dorso de la mano. Lo miró directamente a esos ojos marrones que ahora parecían menos gélidos, aunque igual de implacables. —Sí, AMO. No se va a arrepentir —respondió, haciendo una mini reverencia que acentuó la curva de su cuello—. ¿Desea algo más? Observó cómo él comía, con una elegancia de hombre nacido en la cima del mundo. Cada movimiento de sus manos era preciso, calculado, casi hipnótico. —Déjame solo —ordenó sin mirarla. Gema asintió y se marchó apresuradamente a su habitación. Una vez allí, cerró la puerta y soltó todo el aire que había estado reteniendo en sus pulmones. Se sentó en la orilla de la cama, llevándose las manos a la cara. ¿Qué tenía ese hombre? Más allá de su guapura innegable y su arrogancia desmedida, ¿qué era ese revoltijo extraño en su estómago? Su corazón seguía acelerado, como si quisiera escapar de su pecho. En el comedor, Domenic continuaba comiendo, pero el sabor de la carne ya no era lo único que ocupaba sus sentidos. Cerró los ojos por un segundo y la imagen de Gema lo asaltó sin piedad: su mirada color ámbar cargada de una honestidad que él no sabía manejar, aquel lunar en sus labios que se había grabado a fuego en su memoria, su voz dulce y... su perfume. Ese olor se había quedado impregnado en sus fosas nasales. Sintió una oleada de deseo punzante, una atracción física hacia su empleada, hacia una chica de bajos recursos que no tenía nada que ver con su mundo. Esa sensación provocó en él una furia inmediata. ¿Cómo podía sentirse así por alguien tan insignificante? Soltó los cubiertos con fuerza, haciendo que el metal resonara contra la porcelana del plato. Se puso de pie bruscamente y caminó hacia su habitación a grandes zancadas, zafándose la corbata con manos impacientes. Sentía que la seda del cuello lo asfixiaba, que cada prenda de su traje de diseñador le estorbaba.





