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Al firmar es como si le entregaras el alma al diablo

Gema no lo pensó dos veces. En un impulso de gratitud, abrazó al guardia, quien se puso rígido por la confianza de la bella joven.

—¡Gracias! No sabe lo que esto significa.

Corrió hacia el ascensor, con el corazón palpitando fuertemente deseando esa oportunidad de trabajo. Oprimió el botón del piso cuatro, sintiendo que la suerte finalmente le sonreía. Sin embargo, en el piso dos, las puertas se deslizaron hacia los lados.

El aire pareció desvanecerse cuando él entró. Gema sintió que la mandíbula se le aflojaba. Era el hombre más guapo que había visto en su vida; su rostro parecía esculpido por los dioses, con una barba perfectamente delineada y una mirada que quemaba. Sus mejillas se encendieron en un rojo intenso. Domenic, por su parte, arqueó una ceja al ver a la chica desaliñada con botas de campo que ocupaba su espacio.

—Así que... ¿también vas a ese piso? ¿Trabajas aquí? —preguntó Gema, impulsada por los nervios de tenerlo tan cerca. Su perfume floral, mezclado con el olor de la lluvia, invadió el pequeño cubículo.

Domenic la recorrió con una mirada de arrogancia pura.

—Por supuesto —respondió con una voz grave que hizo vibrar el suelo bajo los pies de Gema.

—Qué pregunta más tonta, claro que trabajas aquí —susurró ella para sí misma, pero él la escuchó.

—¿Qué has dicho?

—Nada, nada... es que estoy nerviosa. Busco trabajo con urgencia y me han dicho que el jefe de este lugar es un ogro. Supongo que todos los jefes son así, amargados y ácidos, ¿no cree? —Gema lo miró con ilusión, buscando alguna reacción, pero Domenic permaneció impasible, mirando hacia la puerta.

En cuanto el ascensor se abrió, él salió a grandes zancadas, huyendo de la extraña agitación que esa chica le había provocado. Su parloteo, su aroma dulce y esos ojos ámbar habían despertado en él un destello de algo que no podía identificar, pero que le resultaba irritante.

Domenic entró en su oficina, encontrándose con Erika y un grupo de mujeres que lo devoraban con la mirada.

—¡Tengo las candidatas exactas! —exclamó Erika.

—Ninguna de estas mujeres servirá, Erika —gruñó Domenic, pasando por su lado sin detenerse—. Solo buscas modelos. Me acabo de cruzar con una niñita en el ascensor que casi me deja sordo con sus nervios. No quiero ver a nadie más.

Erika suspiró, sirviéndole un trago corto de whisky.

—Villarreal, siempre a la defensiva. Toma esto. ¿Qué hago con las que están afuera?

—Haz lo que quieras, pero que no entren. Contrata a alguien de verdad, alguien simple, que no se derrita al verme. Estoy harto de que todos me miren como si fuera un lingote de oro.

Erika salió al pasillo, frustrada. Miró a las mujeres sofisticadas que esperaban y chasqueó los dedos.

—Señoritas, lamento decirles que han perdido su tiempo. Saquen sus traseros de aquí, ¡ahora!

Las mujeres se marcharon indignadas. Erika se pasó las manos por el rostro, preguntándose dónde encontraría a alguien que encajara en el estándar imposible de su jefe.

—Disculpe, señorita... —una voz dulce y tímida la llamó.

Erika se dio la vuelta y se quedó petrificada. Frente a ella está Gema, un poco mojada, con sus botas de vaquera y una expresión de esperanza pura. Era exactamente lo opuesto a las mujeres que Domenic detestaba.

—Me llamo Gema Walton. Estoy buscando trabajo —dijo la joven, apretando su bolso contra su pecho.

Los ojos de Erika brillaron con una chispa de triunfo.

—Dime, Gema... ¿Sabes cocinar, planchar y limpiar a la perfección? ¿Tienes marido, hijos? ¿Eres discreta? ¿Puedes estar disponible 24 horas?

Gema tragó saliva, pero asintió con firmeza.

—No tengo hijos ni pareja. Sé cocinar, estudié para ser chef, y le prometo que limpio hasta por debajo de las alfombras.

—¡Eres lo que estoy buscando, ven conmigo!— La agarra de la mano y se la lleva hacia su oficina

—A dónde me lleva, señorita…

—¿Tienes algún problema para empezar a trabajar hoy?

Gema pasa saliva, no pensó que todo se le diera tan fácilmente. —Si claro…

—Bien, luego de leerte el contrato laboral, firmas y nos vamos a penthouse donde vas a trabajar

Al llegar a la oficina, Ericka la suelta y Gema se siente sumamente nerviosa. En ese instante la viva imagen de aquel hombre en el ascensor invadió su mente. —Es tan guapo… si le digo que he visto al hombre más lindo del mundo, parecido a un ángel no me lo creería— sonríe tontamente mientras Ericka busca el contrato —Aunque espero no verlo, de verdad es muy grosero, me miró como si fuera un bicho raro— sale de sus pensamientos en cuanto Ericka le dice que lo ha encontrado.

—Ven, te leeré el contrato y firmas, aunque al firmar es como si le entregaras el alma al diablo.

—¿¡Que dices!?— Gema la mira con preocupación

—Es broma…— miente, porque la verdad es que Domenic es el mismo diablo y solo ella ha podido conocerlo más

—Antes de todo quiero hacerte dos preguntas. Primero, ¿Es cierto que la paga es buena? Segundo… ¿El jefe… él es un ogro?

—¡Ay no linda, la gente habla mucho mi jefe es un amor total!— sonríe falsamente. —por el dinero no te preocupes tu paga será una suma jugosa, ven porque no hay tiempo que perder

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