Mundo ficciónIniciar sesiónEn cuanto Erika le entrega el bolígrafo a Gema, esta siente un escalofrío recorrer su cuerpo, una corriente eléctrica que le erizó el cuerpo. No sabe si esto es correcto, tomar un trabajo que parece caído del cielo justo cuando el abismo la acechaba, pero por su familia, por ellos, hace lo que sea necesario. Firma de manera nerviosa, el trazo de su nombre algo tembloroso sobre el papel; en ese instante sintió un vuelco extraño en el pecho, una premonición que no supo descifrar.
—Perfecto —dice Erika, arrebatándole el contrato con un movimiento ágil y guardándolo en su carpeta de cuero—. Nos vamos ya mismo al penthouse para darte indicaciones de cómo recibir a tu amo. —¿Amo? —preguntó Gema, arqueando las cejas y arrugando el entrecejo en un gesto de absoluta incredulidad. —Claro, linda. Así debes decirle a tu jefe cada vez que lo veas: AMO. Pero quita esa cara de susto, vamos querida, el tiempo es oro y a Domenic no le gusta esperar —respondió Erika con una naturalidad que le causó nervios. Gema empezó a sentir el verdadero terror, un nudo apretándose en su garganta, pero sus piernas se movieron por inercia, siguiendo el paso decidido de la asistente. Antes de cruzar el umbral del edificio, Gema buscó con la mirada al guardia de seguridad que le había tendido la mano en medio de la tormenta. Al encontrarlo, alzó el pulgar en señal de aceptación. El hombre asintió con gravedad, esbozando una mínima sonrisa. Al salir, el aire húmedo la golpeó de nuevo. Frente a la acera, un Ferrari de color rojo ardiente rugía suavemente, como una bestia. —Sube al auto —ordenó Erika, señalando la puerta que un hombre ya sostenía abierta. —Ese... ¿Ese es el auto? ¿Vamos en eso? —Gema pasó saliva con dificultad, impactada por el brillo del metal y el diseño agresivo del vehículo. —Claro. Y acostúmbrate, querida. A tu AMO le gusta rodearse de lujos que tú ni en tus sueños más salvajes podrías costear. Duván, llévanos al penthouse del jefe. —Como ordene, señorita Erika —respondió el chófer con una cortesía. En cuanto subieron, el interior del coche las envolvió con un aroma a cuero nuevo y fragancias costosas. El motor apenas se sentía, una vibración sutil mientras se deslizaban por las calles de Nueva York. Domenic Villarreal detestaba que los escoltas fueran una sombra obvia sobre su figura; prefería el bajo perfil, hombres estratégicamente posicionados que cuidaban de él y de Erika, su extensión operativa, sin romper la estética de su soledad. Gema pegó la frente al cristal frío, observando las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Sus dedos, de forma inconsciente, buscaron la medallita de corazón que cuelga de su cuello. La apretó con fuerza, sintiendo el relieve del metal contra la palma de su mano. Dentro esta la foto de su hermana y su abuelo, su único anclaje a la realidad. Un obsequio que su hermana le dio para que le diera fuerzas; un talismán contra el miedo. —Y bien, Gema... —Erika rompió el silencio, notando cómo la chica se aferraba a su joya—. ¿De dónde eres exactamente? Gema parpadeó, saliendo de su trance. Se acomodó en el asiento, sintiéndose fuera de lugar en medio de tanta opulencia. —Vengo de un pueblito a las afueras, señorita Erika. Un lugar donde el tiempo parece ir más lento. —¿Y qué te trae por aquí con tanta urgencia? —Necesito trabajar para ayudar a mi familia —respondió Gema, bajando la vista hacia sus manos entrelazadas sobre el regazo. Se reservó los detalles de la deuda, de la hacienda a punto de ser embargada y de aquel hombre que la quería obligar a ser su esposa. —Mira, te contraté porque el jefe requiere a alguien eficiente y, para qué negarlo, se nota que eres de bajos recursos. Estás necesitada —Erika bajó la mirada hacia las botas desgastadas de Gema, que aún goteaban un poco sobre la alfombra del Ferrari—. No me defraudes. Si obedeces y mantienes todo en orden, a las horas exactas y sin rechistar, conservarás el puesto. No quiero que Domenic me dé ni una sola queja tuya. Míralo como la oportunidad que te sacará del barro. —No le voy a fallar —aseguró Gema, irguiendo la espalda. Miró a Erika a los ojos con una determinación que sorprendió a la asistente—. Usted me dio la oportunidad y yo haré bien mi trabajo. Ese destello de orgullo en la mirada de la chica le gustó a Erika. Era lo que Domenic necesitaba: alguien sumiso, pero con la suficiente fibra para no quebrarse al primer grito. Llegaron a un edificio de cristales tintados que parecía tocar las nubes, una estructura que gritaba poder en cada centímetro de su fachada. Subieron por un ascensor privado de alta velocidad haciendo que Gema sintiera un vacío en el estómago. —Presta atención, linda —Erika se giró hacia ella mientras los números del indicador subían con rapidez—. El jefe es un hombre sumamente importante. El apellido Villarreal ha impactado esta ciudad por generaciones. Por eso firmaste confidencialidad. Todo lo que pase dentro del penthouse, ahí se queda. Si hablas, las consecuencias no serán una simple multa; podrías terminar en prisión. Y por tu situación, dudo que quieras pagar una condena. Gema asintió, sintiendo que el aire empezaba a ponerse denso. —Entiendo, señorita. Las puertas del ascensor se deslizaron suavemente, revelando un espacio que desafiaba cualquier descripción que Gema pudiera haber imaginado. Techos altísimos, obras de arte abstractas y una vista panorámica que parecía un cuadro viviente. —Bienvenida, Gema Walton —anunció Erika, saliendo con paso firme. Pero Gema se quedó petrificada dentro de la cabina. Sus pies se negaban a avanzar hacia tanto lujo; sentía que si pisaba aquel suelo de madera fina, podría mancharlo. —Ven, o volverás al mismo lugar de donde te saqué —la urgencia en la voz de Erika la hizo reaccionar. Gema dio un paso al frente. En cuanto su pie derecho pisó el suelo pulido, sintió que el aire escapaba de sus pulmones. Sus piernas empezaron a temblar, un temblor fino que intentó ocultar empuñando sus manos. Caminó lentamente, observando las sombras elegantes del lugar, los muebles minimalistas y el silencio casi sepulcral que reinaba. A medida que se internaba en el penthouse, una sensación de opresión comenzó a invadirla. Gema no lo sabía aún, pero aquel despliegue de riqueza era solo la antesala de su propio cautiverio. Cada rincón del lugar parecía observar a la intrusa, una bienvenida silenciosa al infierno personal de Domenic Villarreal.






