Quizá estaba haciendo más capricho del que no debería haber hecho.
El Quattroporte se detuvo frente a la empresa, salí del auto sin esperar a que me abrieran la puerta, con un Héctor pisándome los talones.
Vi como los empleados se me quedaban viendo, con asombro, quizá se esperaban que nunca regresaría, una lluvia de “buenos días, señorita Vial” cayeron sobre mi cuando me topaba con ellos.
Llegué a mi oficina con la boca dolorida de tanto contestar y devolver sonrisas.
Maya me esperaba ansio