LEONARD
—Maldita sea—gruñí golpeando el ventanal.
Ya en mi oficina, apenas pude notar mi reflejo por sobre el exótico Montreal.
Carlo entró sin tocar a mi oficina.
—Señor …
—¿Che cosa? —(¿Qué?) volví a gruir sin mirarlo.
Lo escuché soltando un bufido.
—Bien—protestó—, si no quieres escuchar lo que tengo que decir me voy…
Solté el aire exasperado.
—Sembri una donna scontrosa—(suenas a una mujer malhumorada), me quejé—, Parla —(habla).
—Muy bien —siguió, se acercó al escritorio con una sonrisa o