CAPÍTULO 85

Aidan cabeceó en el sofá del salón antes de que Rhia le pateara una pantorrilla sin compasión. Las gemelas no habían dejado de llorar desde el amanecer y para las diez de la mañana se estaba volviendo loco.

—No te creas que vas a hacer eso cuando tengamos hijos, ¡despierta! —y para Aidan aquel fue el regaño más lindo del mundo.

—¿Cuántos vamos a tener? —pregunt&oacut

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