Llegué a casa con rabia, aparqué el coche en la entrada, tomé el vaso y me bajé. Vladislav me miró con el ceño fruncido.
Me acerqué a él y le entregué el vaso. Él lo miró y después volvió a mirarme a mí.
—¿Qué carajos hago con esto? —me preguntó. Yo me encogí de hombros. Si tenía esa cosa otro minuto en mis manos, iba a terminar tirándolo al terrario, y no quería ser tan bastardo.
—Una vez me dijiste que querías una mascota. Pues te he traído una, deberías estar feliz —le dije.
Vladislav negó c