Miré a Jacob, quien estaba poniendo un plato de comida en una mesa que estaba en la habitación. Él me miró, y yo aparté la mirada. Hacía dos días desde lo que pasó con Fabien, y me había negado a comer. Si iba a morir, lo haría a mi manera.
— ¿No vas a comer nada? — me preguntó Jacob.
Lo fulminé con la mirada, y él me gruñó.
— De nada te servirá morirte de hambre. Levántate y come algo — dijo.
Mi estómago traicionero empezó a quejarse, y yo, de mala gana, me acerqué a la mesa y tomé un poco