Capítulo 54. El líquido del sufrimiento
—¡Abran la puerta! ¡Se lo ruego, mi hijo debe ser amamantado ahora mismo!
La voz de Elara sonaba ronca, fundiéndose con el golpe de sus palmas contra la fría madera de la puerta de teca. Se había despertado al romper el alba con el cuerpo sacudido por escalofríos. La fiebre empezaba a invadir su sistema nervioso, pero el dolor más real estaba en su pecho. Sus senos, hinchados y endurecidos, se sentían calientes y latían con una punzada insoportable debido a la producción de leche acumulada. Pe