La segunda Navidad llegó con una calidad diferente a la primera.
No dramáticamente diferente. La diferencia estaba en los detalles: que esta vez nadie necesitó pensar dónde estaría el siguiente día porque ya lo sabían. Que las conversaciones en la comida de Renata no tenían el peso de las cosas que acababan de ocurrir sino el peso más ligero de las personas que tienen historia compartida y pueden hablar de ella sin urgencia. Que Mateo tenía un año y había desarrollado la capacidad de caminar con