Ernesto Sandoval no se había movido de su silla desde que pronunció las palabras que habían cambiado todo en esa sala.
Cuatrocientos ochenta millones de dólares.
Seguía ahí sentado, con las manos descansando sobre el bastón de madera pulida y los ojos fijos en Sebastián, esperando. Había algo en su quietud que Ximena reconocía: no era paciencia sino control absoluto, la serenidad de alguien que ha visto suficientes crisis para saber que la urgencia rara vez produce buenas decisiones.
Sebastián,