Las primeras horas del amanecer llegaron con esa quietud engañosa que precede a las tormentas.
Había pasado apenas unas horas desde que todo se había derrumbado, y aún podía sentir el olor metálico de las soluciones químicas impregnado en su piel.
El eco del monitor cardíaco de su madre aún resonaba en su cabeza, un pitido constante que se mezclaba con el zumbido eléctrico del pasillo. Había pasado toda la noche sin dormir, observando a través del cristal cómo el cuerpo de Elena parecía luchar