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La clínica del piso veintitrés olía a desinfectante y a ese aroma artificial a lavanda que intentaba, sin éxito, crear una atmósfera de calma en un espacio diseñado para la invasión metódica de la privacidad. Cassandra estaba sentada en una de las sillas de cuero beige frente al escritorio de la doctora Mónica Salazar, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mandíbula tensa mientras esperaba los resultados del panel

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