Cerca de las cuatro de la tarde, Morgan llegó a la casa de Adams. Este ya lo estaba esperando y, por más que había intentado evitarlo, no logró mantener a Glenda al margen de la situación.
—¡Hola, Morgan! Qué gusto verte —saludó Glenda con una sonrisa al verlo entrar al despacho junto a su esposo.
—Hola, Glen. ¿Cómo estás?... Pero espera, ¿qué pasó? ¿Cómo es que ya estás así? —preguntó Morgan, asombrado al notar que, a pesar del poco tiempo de embarazo, su barriga ya era notable.
—¿Qué te puedo