—Ok, Florecita, no te enojes. Mira, como tu mami está aquí, quiero preguntarles a las dos si les gustaría ir a conocer mi finca. Está muy cerca y, como dato curioso, Adri, me dijeron que hace una semana una de mis yeguas tuvo un potrillo. ¿Te gustaría verlo? —dijo Adams, lanzando un anzuelo que estaba seguro su hija mordería.
—¡Siii, quiero! —exclamó la niña sin pensarlo dos veces, pero luego se giró hacia su mamá—. ¿Podemos, mami? Di que sí. -Glenda no pudo evitar reír. Adams conocía a su hija