Detective.

Antes de llamar a Tati para decirle que estoy abajo esperándola, tomo aire un par de veces —bueno, mil veces— intentando relajarme. No funciona. El pecho me sube y baja como si acabara de correr y, aunque sé que no hay razón para estar así, el cuerpo no entiende de lógica. Me quedo unos segundos con las manos apoyadas en el volante, mirando al frente, obligándome a pensar en cualquier cosa que no sea lo que acaba de pasar.

Me volteo al escuchar que golpean mi ventanilla. El sonido me sobresalta
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