La suave luz de la mañana se filtró en la alcoba conyugal de la mansión Reed, iluminando con delicadeza los contornos de los muebles y la cama con dosel. Sophia abrió los ojos con una extraña sensación, como si algo no estuviera en su lugar. Apenas se dio cuenta de que la envolvía un calor distinto cuando advirtió que Alexander dormitaba junto a ella. Peor aún, su brazo descansaba ligeramente sobre ella, un gesto involuntario de cercanía que la estremeció por completo.
Sophia (susurrando) : — ¿