—Cariño... parece que extrañas mucho este cuerpo…
Fabiola levantó la mirada y vio a Benedicto, que estaba relajado, con las manos descansando casualmente en la parte posterior de su cabeza, mirándola con una sonrisa.
Su rostro se volvió aún más rojo.
Apoyándose en el reposabrazos, finalmente se puso de pie y miró a Benedicto desde arriba.
—No te atribuyas méritos que no tienes.
Benedicto sonrió: —Está bien, eso es lo que pienso, ¿vale?
—¡Eres un pervertido!
Después de regañar a Benedicto, Fabiol