Sin darse cuenta, Fabiola quiso decir que no era necesario, pero al pensar que la otra parte no dejó rastro alguno, y además no se llevó nada, sin saber si regresaría, su corazón se sintió inquieto.
Cuando Benedicto estaba presente, al menos podría garantizar su seguridad.
Ella no era alguien a quien le gustara arriesgar su vida.
Al ver que Fabiola no decía nada, Benedicto comenzó a quitarse los zapatos sin prestar atención: —Hoy es muy tarde, descansa pronto. Mañana haré que alguien organice la