Sin embargo, su último movimiento, a los ojos de Cedro, fue sin duda un desafío.
Cedro apretó el puño con rabia, sintiendo como si le hubieran arrebatado un tesoro. Abrió la puerta del coche de un golpe y pisó el acelerador.
El coche rugió y salió disparado como una flecha.
No fue hasta que el coche se alejó bastante que la multitud que estaba viendo volvió en sí.
Nadie podía creer lo que acababan de presenciar.
¿Acaso estaban soñando?
—¡Pellízquenme rápido! ¡Pellízquenme! ¿No vi bien? ¡Fabiola