El sábado por la noche, el restaurante Conttento desprendía sofisticación.
Velas sobre las mesas, arreglos discretos, camareros precisos.
Ese tipo de lugar donde nadie hablaba fuerte… y todos querían ser vistos.
Natan Ferraz llegó cinco minutos antes. Llevaba un blazer azul marino perfectamente ajustado, el rostro afeitado con precisión quirúrgica y un reloj suizo brillando con la discreción suficiente para parecer casual.
Él no necesitaba extravagancias. Sabía dónde apuntar, cómo moverse, cómo