Mientras avanzaba hacia otro día de trabajo en la oficina, el sonido amortiguado del motor llenaba el coche, pero la mente de Natan estaba en otro lugar.
Miraba la carretera como si cada vehículo fuera un obstáculo entre él y lo que realmente importaba: Francine.
Era increíble. Después de todo, ella ni siquiera había mandado un mensaje.
Ni un emoji, ni un “gracias por las flores”, ni un “búscate ayuda”. Nada.
Apretó el volante con más fuerza de la necesaria, sintiendo los nudillos tensarse por