Después del susto con el robo del bolso, Francine y Malu decidieron hacer una pausa.
El corazón todavía estaba acelerado y las piernas temblorosas. Un restaurante acogedor en la esquina pareció el refugio perfecto.
— Necesitamos comida, agua con gas y paz — decretó Malu, ya tirando de la silla.
— Y quizás un nuevo plan de vida — suspiró Francine, dejándose caer en el asiento.
Mientras esperaban los platos, Francine por fin soltó lo que tenía atravesado en la garganta:
— Malu, no vine solo a pas