Apenas desaparecer de la vista de Francine, Natan caminó sin prisa por unas calles estrechas del centro hasta doblar en un callejón angosto, escondido entre dos edificios antiguos.
Era el tipo de lugar que cualquier persona sensata evitaría, pero a Natan la sensatez no le importaba.
Ya había cruzado muchos callejones en la vida, tanto figurativamente como literalmente.
Al final del callejón subió dos peldaños de una escalera metálica oxidada y se sentó. Estaba sin aliento, pero sonreía.
Sacó su