La puerta de la cocina se abrió de golpe, estampándose contra la pared con tanta fuerza que los frascos en las manos de Malu casi salieron volando.
La empleada dio un salto, el corazón a mil.
— ¡Madre mía, Francine! ¡Vas a tumbar la casa, mujer!
Pero Francine ni escuchó. Entró con los ojos chispeando de rabia, la respiración pesada, el rostro aún encendido de indignación.
Avanzó hacia la encimera como si estuviera a punto de iniciar una revolución.
— ¡Adiós, Malu! ¡Me voy de esta casa! — anunci