El bar elegido era uno de esos clásicos: luz tenue, madera oscura, botellas expuestas detrás de la barra y un mural de barriles decorativos.
Cassio y Dorian se acomodaron en una mesa más reservada, cerca de la pared.
—Dos tragos de Lagavulin 16 —pidió Cassio al camarero, automático, sin pensar.
—Uno solo —corrigió Dorian—. Yo voy a conducir.
Cassio ni respondió.
Simplemente tomó su vaso cuando llegó y bebió la mitad en el primer trago.
El alcohol le quemó la garganta, pero no hizo ni cosquillas