La jornada ya casi había terminado cuando Dorian finalmente se dio cuenta.
Era extraño.
Cassio no había aparecido en su oficina ni una sola vez durante todo el día.
Ni un comentario sarcástico en el café. Ni un debate sobre contratos. Ninguna provocación sobre quién trabajaba más.
Nada.
Eso, por sí solo, ya era una señal de alerta.
Pero lo peor fue cuando llamó a la secretaria por el intercomunicador.
—Natalia, ¿el vicepresidente tuvo compromisos externos hoy?
—Ninguno, señor Villeneuve —respon