Francine despertó por la mañana envuelta en los brazos de Dorian.
La respiración suave de él no se parecía en nada a la respiración agitada de la noche anterior.
Sonrió para sí misma, con el corazón ligero.
“Es el clima de París”, pensó.
Intentó soltarse del abrazo para levantarse, pero sintió cómo los brazos de él se apretaban un poco más.
—¿A dónde va, señorita Morais? —murmuró él, todavía con los ojos cerrados, con la voz grave y soñolienta.
—Tengo un día lleno, Villeneuve —respondió ella, s