El salón de Adrien era exactamente como ella lo recordaba: minimalista, blanco y dorado, con aroma a perfume caro y música francesa suave de fondo.
Adrien la vio entrar y levantó las cejas con teatralidad.
—¡Mon dieu, Francine Morais! —exclamó, colocando las manos en la cintura—. Solo me buscas cuando el mundo se derrumba. Es impresionante. Debería cobrar por terapia, no por cortes de cabello.
—Y cobrarías caro —respondió ella riendo—. Porque tus tijeras son mágicas.
—¿Qué le pasó a tu cabello,