El regreso a casa tenía un aire de nostalgia que ninguno de los dos sabía explicar.
Francine apoyó la cabeza en el hombro de Dorian, observando cómo las calles de la ciudad se volvían cada vez más familiares a medida que se acercaban a su apartamento.
Cuando el coche se detuvo frente al edificio, él tomó su mano y dijo con voz tranquila:
—En cuanto subas, ve directo a ducharte y descansa. Después puedes hacer las maletas. Nuestro vuelo a París sale mañana por la noche.
Francine arqueó una ceja,