A la mañana siguiente, Francine casi no tuvo tiempo de terminar el café.
Adele apareció en la puerta del cuarto como un huracán, ya en tacones, bolso colgado al hombro y gafas de sol sobre la cabeza.
—¡Vamos, niña! Las mejores tiendas no nos van a esperar. —Alzó las cejas, impaciente.
Francine rió, aún acomodándose el abrigo.
—Pensé que exagerabas cuando dijiste que teníamos que ir temprano.
—¿Exagerar? —Adele se llevó la mano al pecho, ofendida—. Francine, encontrar el vestido perfecto para un