Dorian permaneció unos minutos en silencio frente a la carpeta abierta sobre el escritorio.
El nombre Natan Ferraz latía en su mente como un recuerdo maldito que se negaba a revelarse por completo.
Se recostó en el sillón, respirando hondo.
Estaba tan absorto en sus propios pensamientos que ni siquiera percibió cuando la puerta se abrió con discreción.
—¿Señor Villeneuve? —la voz suave de la secretaria lo trajo de vuelta—. ¿Necesita algo antes de la reunión de las diez?
Dorian alzó la mirada. E