Capítulo 38. El Ladrido de la Verdad
Amara estaba de pie frente al espejo, acariciando la curva de su vientre. Por primera vez en meses, sentía que la libertad estaba al alcance de su mano. Londres, su vida, el anonimato... todo estaba a solo quince días de distancia.
Se escuchó el suave roce de la puerta. Ares, que hasta ese momento había estado echado pacíficamente junto a la cama, levantó la cabeza de golpe. Sus orejas se tensaron.
—Su infusión, señora Amara —anunció Cassia, entrando con la bandeja de plata—. El doctor fue muy