Capítulo 158. El rugido del guardián
—Tiene que estar por aquí, maldit@ sea... —gruñó Aslan, golpeando el volante con la palma de la mano. Los informes apuntaban a esa comuna de indigentes y zonas fabriles del oeste de Londres—. No puede haber desaparecido en el aire.
Aslan disminuyó la velocidad, obligando al motor a ronronear a paso de rueda. Sus ojos recorrían las aceras con una mezcla de desesperación y furia destructiva. Si la encontraba muerta, si alguien le había puesto una mano encima...
De repente, a unos cien metros de