Capítulo 134. Anatomía del Pánico
Las luces de la ambulancia teñían el rostro de Aslan de un rojo intermitente y violento, como si la misma sangre que hervía en sus venas se proyectara en el exterior. Amara seguía aferrada a las solapas de su chaqueta, sacudiéndolo, buscando desesperadamente una grieta en esa armadura de hielo que Aslan había erigido. Sus dedos pequeños y temblorosos se hundían en la tela, exigiendo una respuesta.
—¡Contéstame, Aslan! —el grito de Amara se ahogó en un sollozo, sus ojos fijos en los de él—. ¿P