Capítulo 135. Remordimiento en el asfalto
El sedán negro cortaba la oscuridad de la carretera en un silencio sepulcral. En el asiento trasero, Livia sentía que el aire apenas le alcanzaba para llenar los pulmones. Gotas de sudor frío le resbalaban por la sien, perdiéndose en el cuello de su blusa. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza sobre su regazo que los nudillos se le habían vuelto blancos.
A su lado, en la silla de seguridad que habían instalado a toda prisa, la pequeña Keziah dormía una siesta profunda. Livia la miró de