Capítulo 118. La Espía

—¿Quieres más té, Isabella? —preguntó Maya, sosteniendo la tetera de porcelana con una elegancia natural.

Mientras esperaba la respuesta, Maya desvió la mirada hacia el interior de la casa, a través de las grandes puertas de cristal que daban a la estancia. Allí, bajo la suave luz de la tarde, Alexander dormía plácidamente. El ritmo pausado del pecho del bebé al respirar era el único ancla de paz en esa tarde cargada de indirectas.

Isabella, impecable en un conjunto de seda que parecía fundirse
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