Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Aidan
Entré en la oficina de la galería y me desabroché el botón del saco, sin saber por qué, todavía sentía las manos de ese niño aferradas a mi pierna.
—Ese crío tiene agallas —soltó Jax, sentándose frente a mi escritorio— si es guapo, puede ser, ja, ja, ja, es un crítico de arte nato.
No le respondí, no me hacía ni la más mínima gracia, pensé en la madre, y en la extraña sacudida que me había dado el corazón cuando esos ojos grandes y decididos me miraron, eran unos ojos que me resultaban jodidamente familiares, pero no lograba ubicar de dónde.
Por un momento pensé que quizás podía ser ella, pero la chica de Silver Falls tenía el cabello hasta la cintura y esta mujer llevaba un corte de pelo muy corto, además, su nombre no figuraba en ninguna lista de graduados de aquel año. Y lo más importante: me había dicho que nunca había salido de esta ciudad.
Tal vez Jax tenía razón, me estaba volviendo loco y veía a mi "fantasma pelirrojo" en cada mujer que me respondía con arrogancia.
—Espero que esa mujer no tarde en traerme los documentos —le dije a Jax, tratando de sonar frío para que no se diera cuenta que pensaba de nuevo en ella.
Jax asintió, en ese momento su teléfono sonó, y salió para tomar la llamada.
Me quedé solo y me froté las sienes, habían pasado cinco malditos años desde aquella noche en Silver Falls.
Debería haber sido una aventura más, un error de una noche alimentado por demasiado alcohol y el aburrimiento de ser el padrino de una generación de mocosos privilegiados.
Pero no lo fue, no podía sacar de mi cabeza el recuerdo de su piel, recordaba la forma en que temblaba ante mis caricias, y ese gemido que todavía me acompañaba en sueños.
La había buscado por cielo y tierra, puse a mis mejores hombres a rastrear a las graduadas de esa noche, pero fue como si la tierra se la hubiera tragado.
El alcohol me había nublado la memoria lo suficiente como para no recordar su rostro, pero sí recordaba el sabor de sus labios que sabían a vodka y fresa, además de ese cabello, largo, pelirrojo.
—Era tu padre, está a punto de un colapso nervioso, y esta vez no va en broma —dijo Jax, entrando en la oficina de nuevo.
Me serví un whisky sin mirarlo.
—Que colapse —respondí con frialdad— no voy a contestar sus llamadas para que me recite lo mismo de hace cinco años.
—Esta vez es diferente, dice que si no pones fecha para la boda con Tasha antes del viernes, él mismo lo hará y enviará el comunicado a la prensa. Los Sterling están presionando, Tasha está harta de ser la prometida eterna, llevas cinco años posponiendo lo inevitable es mucho tiempo, incluso para ti.
Apreté el vaso, estaba atado a un compromiso que acepté obligado, todo por la promesa que le hice al abuelo, justo después de que la única mujer que me importó desapareciera de una habitación de hotel en Silver Falls.
—Dile que se guarde sus amenazas —mascullé— no me voy a casar cuando él quiera.
—Aidan, mírame —Jax se acercó, bajando el tono— deja de buscarla, esa chica no existe, fue una alucinación de graduación, estabas borracho. lo que sea que creas que sentiste, fue el vodka. Cásate con Tasha, asegura la fusión y deja de perseguir sombras.
—No estoy persiguiendo nada —mentí, aunque el pecho me ardía.
En ese momento llamaron a la puerta.
—Adelante —dije, recobrando mi gesto frío.
Sun Nux entró cargando una carpeta, se veía tensa como gato acorralado.
—Aquí tiene los registros, señor Volkov —dijo, dejando la carpeta sobre el escritorio con demasiada fuerza.
Me quedé mirándole las manos, eran manos finas, de dedos largos, volví a mirar su rostro, sus ojos eran claros, intensos, y tenían esa chispa de rebeldía que me hacía hervir la sangre.
—Siéntese, señorita Nux —ordené, señalando la silla frente a mí.
—Prefiero quedarme de pie, tengo mucho trabajo que hacer y mi hijo me espera.
—Su hijo —repetí de manera lenta— es un niño muy interesante, me preguntó si yo era su padre. ¿Suele hacer eso con todos los hombres que entran por esa puerta?
Vi cómo se le tensaba la mandíbula y sus mejillas se tiñeron de un rosa suave.
—No —respondió entre dientes— Leo tiene mucha imaginación, y como le dije, su padre está trabajando lejos.
—Tan lejos que el niño parece estar buscándolo en cada esquina —entorné los ojos, estudiándola— me resulta fascinante que usted diga que nunca ha salido de la ciudad, pero tiene un acento que no es de aquí, aunque intente disimularlo.
Ella se rió, pero fue una risa sarcástica.
—El mundo es muy pequeño, señor Volkov, y los acentos se pegan, no pierda su tiempo buscando coincidencias donde no las hay. ¿Va a revisar los libros o solo quiere interrogarme sobre mi vida privada?
Me incliné un poco hacia adelante, podía sentir su aroma, no era el perfume caro y empalagoso de las mujeres que frecuentaba, ella olía a vainilla, y a jabón neutro, por un segundo, la imagen de la chica de la graduación volvió a mi mente con fuerza.
Esa noche, la oscuridad solo me había permitido ver su silueta y ese cabello rojo fuego que le caía por la espalda. Esta mujer tenía el pelo corto, casi masculino, y una mirada mucho más intensa, pero había algo en la forma en que me desafiaba que era idéntico.
—Si descubro que me está mintiendo, señorita Nux, no le va a gustar —le advertí en voz baja —si hay algo que odio, son las mentiras.
—No tengo razones para mentirle —me sostuvo la mirada, aunque pude ver cómo su pecho subía y bajaba con rapidez— usted es mi jefe, nada más. Si no tiene más preguntas sobre la galería, me retiro.
Se dio la vuelta antes de que pudiera darle permiso, la observé caminar hacia la puerta con paso decidido.
—¿Y el padre? —solté de repente.
Ella se detuvo, con la mano ya en el pomo.
—¿Qué pasa con él? —preguntó sin voltear a verme.
—Debe ser un hombre muy tonto para estar lejos de una mujer como usted y de un hijo que pregunta por él a los extraños.
Pude ver que apretó el pomo con fuerza, no dijo nada, solo abrió la puerta y salió, dejándome con una gran curiosidad sobre ella.







