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Aidan entró en la galería y caminó directamente hacia mí, sentí mis piernas temblar, pero logré controlarme, era más alto de lo que recordaba, y su mirada, esa maldita mirada seguía siendo la misma de hace años, incómoda, intensa, arrogante.
Desde aquella noche me había repetido una y otra vez que si volvía a verlo, me comportaría lo más normal posible, mentira.
—¿Tú estás a cargo? —preguntó, parándose frente al mostrador.
—Sí —respondí, tratando de controlar el ataque de nervios que estaba a punto de darme.
—¿Cuál es tu nombre?
—Sun Nux —le di el nombre que había elegido desde que nació Leo, por si algún día llegaba a encontrarmelo.
Ni siquiera parpadeé, no quería que notara que estaba mintiendo.
—Soy Aidan Volkov, el nuevo dueño de la galería, necesito que me muestre los registros de los últimos tres años, necesito revisar cuanto antes cómo es que se han venido manejando.
Su mirada se clavó en mi rostro demasiado tiempo.
—Usted me resulta familiar, señorita Nux —dijo, bajando un poco la voz— dígame, ¿ha estado alguna vez en Silver Falls?
¡Demonios! ¿Me había reconocido? Me empezaron a sudar las palmas de las manos.
Tragué saliva despacio, tratando de no agitarme.
—Nunca, señor —respondí, logrando mantener mi voz firme— he vivido en esta ciudad toda mi vida, no me gusta mucho el campo.
Se quedó en silencio, pero siguió mirándome.
—Mirar fijamente a alguien que acaba de conocer, es una falta de respeto —dije, sin poder controlarme.
El otro tipo, casi se atraganta al escucharme.
Aidan no reaccionó, solo inclinó un poco la cabeza, como analizandome.
—Vaya atrevimiento, no puede hablarle así a su jefe —dijo el otro hombre.
No alcancé a contestar.
Aidan giró la cabeza y clavó su mirada al final del pasillo.
—¿Quién más está aquí?
El aire se me atascó en los pulmones.
—Solo mi compañera y yo.
—Acabo de ver a un niño correr por ese pasillo.
¡Por Dios, Leo!
—Se ha equivocado, aquí no hay ningún niño.
—Sé lo que vi, señorita, no sufro alucinaciones.
No me dio tiempo de decir nada más, comenzó a caminar hacia el pasillo.
Lo seguí, sintiendo que me daría un ataque de nervios en cualquier momento.
Al llegar al pasillo, miró hacia los lados sin ver a nadie, después se detuvo frente al cuarto de almacenamiento.
—¿Qué hay aquí dentro?
—Nada, es solo el cuarto de los trebejos —contesté, rezando porque se diera la vuelta.
Pero no lo hizo, estiró la mano y tomó el pomo.
—Señor, no creo que dentro haya algo que le interese.
No me escuchó, me ignoró completamente.
Abrió la puerta, contuve el aire.
Dentro solo había cajas y lienzos, no estaba Leo, respiré aliviada, él frunció el ceño y cerró la puerta, pero justo cuando nos dábamos la vuelta para retirarnos, la puerta se abrió de nuevo y apareció Leo.
—¡Gané!
Exclamó con una gran sonrisa de victoria en su rostro.
El mundo pareció detenerse, lo miré con los ojos muy abiertos.
Aidan se giró despacio, Leo se le quedó viendo, y antes de que yo pudiera moverme, o decir algo, caminó hasta él.
Se plantó frente a Aidan, lo miró de arriba abajo con un rostro muy serio, y sin que lo esperaramos, le rodeó la pierna con los brazos.
—¿Tú eres mi papá? —preguntó, mirándolo a los ojos.
Palidecí totalmente, Aidan volteó a verme, luego miró de nuevo a Leo, sin responderle.
—Porque eres muy guapo —añadió, frunciendo el ceño como si estuviera resolviendo un problema complicado —mami dice que papá está lejos, ¿Tú vienes de lejos?
Sentí que un escalofrío me recorrió la columna.
El otro hombre soltó una risa que se convirtió en tos.
Yo me quedé imnóvil como estatua, no podía ni parpadear.
—Leo —logré decir, con la mandíbula apretada— suelta al señor Volkov.
No me hizo caso.
Aidan no se movió, pero su mirada permanecía clavada en el niño, ¿Qué estaba pensando? Su rostro era inexpresivo.
—Es mío —dije rápido, acercándome— es mi hijo, lo siento, no debería estar aquí.
Leo levantó la cabeza, indignado.
—Yo sí debería —protestó— estoy ayudando.
—¿Ayudando a qué? —pregunté, mejor no hubiera preguntado.
—A encontrar a mi papá.
Cerré los ojos por un segundo.
Aidan seguía mirándolo.
—¿Y cómo planeas hacerlo? —preguntó de pronto, interesado.
Leo se giró hacia él como si acabara de encontrar a alguien que sí entendía.
—Pues viendo —respondió— si es guapo, puede ser, si no, no.
El otro hombre ya no pudo disimular la risa.
—Tiene un buen método—murmuró.
—Leo —dije— basta.
—¿Qué? —me miró— dijiste que mi papá es guapo.
Aidan levantó una ceja.
—¿Y ya descartaste a muchos?
—Sí —dijo Leo con total seriedad— el señor de la tienda de la esquina no es, está raro.
El otro hombre se llevó las manos al estómago, riendo.
Yo quería desaparecer, tomé a Leo de la mano para alejarlo de él.
—Espero que lo encuentres pronto —dijo Aidan, luego volteó hacia el otro hombre —subamos a la oficina, la esperó en cinco minutos en la oficina con los registros —ordenó, mirándome.
Y empezó a caminar, el otro hombre lo siguió, aún riendo.
Yo me quedé ahí, agarré a Leo de la mano.
—Mami —susurró, mirándome— ¿Él es mi papi?







