La noche había caído por completo cuando subí al coche. El viñedo quedaba atrás, envuelto en sombras suaves que apenas dejaban ver los contornos de los árboles y las casas. Tenía la carta de mamá entre las manos, todavía doblada, y me aferraba a ella como si sostenerla me ayudara a mantenerla cerca, a sentir que, de algún modo, todavía estaba conmigo.
Roger conducía en silencio, y yo me quedé mirando por la ventana, sin realmente ver el camino. Cada palabra de esa carta seguía rebotando dentro