—Ahora que sabes la verdad —dijo Samuel después de un largo silencio, mirando hacia el suelo—, hay algo que me gustaría darte.
Lo observé, algo confundida, mientras lo veía meter la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Sus dedos se movieron con cierta torpeza, como si todavía dudara de lo que estaba a punto de hacer. Finalmente, sacó dos sobres. Eran viejos, el papel amarillento, las esquinas un poco dobladas… y ambos atados con una cinta descolorida.
—¿Qué es eso? —pregunté, con la voz