Richard me levantó entre sus brazos con una suavidad que contrastaba con la fuerza de su abrazo. El corazón me latía con fuerza, mezclado con la emoción y las lágrimas que aún recorrían mis mejillas. Sentí cómo me acercaba al mueble más cercano, intentando dejarme con cuidado, pero instintivamente levanté una mano.
—No… —susurré.
Él se detuvo, me sostuvo más cerca y me miró fijamente.
—Dime qué quieres, Nora. Y lo haré. —Su voz era firme, pero cálida.
Sin poder articular palabras, lo besé. Fue