—¿Podríamos ir más rápido? —le pedí a Lana.
Ella empujaba la silla de ruedas con cuidado, llevándonos a Ruby y a mí por el largo pasillo del hospital. Mi hija iba envuelta entre mis brazos como un pequeño burrito, cálida, perfecta, y yo no podía dejar de mirarla ni un segundo. Le sonreí, con esa ansiedad dulce que nace cuando el corazón late más rápido de lo que el cuerpo puede avanzar.
Había pasado solo un día desde el accidente, pero para mí había sido una eternidad. Una de esas que se clavan