Narrado por Mia Blackwood
El sonido no era el tráfico de Londres, ni el suave ronroneo del aire acondicionado de nuestro apartamento. Era el rugido de un motor subiendo de revoluciones hasta el límite de lo posible.
En mi sueño, el cielo no tenía estrellas; solo era una masa de nubes negras que descargaban una lluvia torrencial, una cortina de agua tan densa que los limpiaparabrisas apenas lograban abrir una rendija de visibilidad. Yo estaba en el asiento del copiloto de aquel deportivo italian