Mundo ficciónIniciar sesión*"No cabía.*
*En el vestido, en la foto, en la versión de mí que necesitaban."* — V. R. Vance, *Aprender a llover* --- El casting era secreto, por supuesto. Camila inventó la coartada en una noche: una "campaña literaria internacional" buscaba embajadora de marca. Los estudios, las agencias y las modelos creyeron que era un anuncio de perfume con mejor presupuesto. Solo ella y yo sabíamos la verdad: No estábamos eligiendo una cara. Estábamos eligiendo a mi fantasma. Yo buscaba a alguien despampanante. Alguien que encajara, al milímetro, en el canon con el que me habían medido a mí… y me habían encontrado faltante. Esa frase me costó escribirla en mi cuaderno. Pero era la verdad, y yo tengo un pacto viejo con la verdad: solo la uso cuando no queda de otra. \* \* \* Alquilamos un estudio bajo un nombre falso, con luz blanca de quirófano y una mesa larga detrás de la cual Camila se sentó como directora del casting. Yo, al final de la mesa, en la sombra, con un cuaderno. Presentada, otra vez, como "la asistente de la autora". El desfile empezó a las diez. La número uno leyó la frase de la lluvia como quien vende paraguas. Dicción perfecta, ojos vacíos. Al terminar, sonrió a una cámara que no estaba encendida. Camila anotó: *"vende, pero no sangra"*. Yo pensé: ese era el requisito, ¿no. Que no sangrara. Porque si sangraba, la que sangraba era yo. La número cuatro lloró a pedido. Lágrimas hermosas, simétricas, fotogénicas. Pero lloró para sí misma, para su propio primer plano, no para la escena. Anoté: *"no lee la escena; la protagoniza"*. La autora no puede ser alguien que necesite que la escena sea suya. La escena es mía. La número siete era la más hermosa de todas. El tipo de belleza que abre puertas y cierra bocas. Cuando le pregunté qué le había parecido el libro, respondió, divina: *"Ay, ¿es de amor, no?"*. Anoté una sola línea: *el canon se aprende; el hambre no*. Entre candidata y candidata, me descubrí haciendo algo que odiaba: compararme. Medirme contra cada espalda recta, cada clavícula de revista, cada cintura que sí cabía en el molde. A los quince me medían así. A los veintidós me medían así. Y ahora, por primera vez en mi vida, yo estaba del lado de la mesa que decide. Y entendí algo que me dio asco reconocer: los que deciden no tienen poder. Tienen miedo. Miedo a elegir mal. Miedo a la cara equivocada. Yo también lo tenía. Por eso estaba ahí. \* \* \* La última candidata no estaba en la lista. La puerta se abrió sin tocar. Y entró ella. No como en el anuncio de *Vértice*. En persona, Bianca Leal era otra cosa: más real, con un cansancio fino alrededor de los ojos y la espalda recta de quien ha aprendido que la postura también es una armadura. —No estás en la lista —dijo Camila. —Lo sé —dijo Bianca, sin prisa—. Soy la que respondió a su propuesta con una tarifa. Después me enteré de que estaban audicionando mi cara entre veinte otras, y vine por dos cosas. —¿Cuáles? —Uno: ver si tienen el valor de elegirme en persona. —Hizo una pausa—. Y dos: conocer a la autora. —La autora no está aquí —mintió Camila. Bianca no la miró. Me miró a mí. Al final de la mesa, en la sombra, con el cuaderno apretado contra el pecho. —La autora está en esta sala —dijo—. Es la que no ha dejado de mirarme como si yo fuera un espejo. Se me heló la nuca. Camila me lanzó una mirada de *te lo dije* y de *qué hacemos* al mismo tiempo. Yo asentí, apenas. Ella suspiró y le pasó el folio con el fragmento elegido. —Lee. Bianca no leyó de inmediato. Leyó primero el aire de la sala, la luz, la mesa, mi sombra. Después bajó los ojos al papel. *"Me dijeron que el amor venía en una sola talla. Yo pasé la vida entera achicándome para caber en un corazón que no era mío."* Su voz se rompió en *"una sola talla"*. Un milímetro de grieta. Real. El estudio quedó en silencio. Bianca cerró el folio con una calma que no le creí. —Esa frase no es ficción —dijo, sin mirarme todavía—. Quien la escribió también tuvo que achicarse para caber. Yo conozco esa grieta. Llevo ocho años viviendo adentro de ella. Me puse de pie. Caminé hasta la luz con las piernas de siempre, las que nunca salen en ningún anuncio, y me paré frente a ella. —La escribí yo. Bianca Leal me miró. Y no pasó. No pasó el parpadeo. No pasó la microexpresión de *"ah, así que tú eras"*. No pasó la mirada de quien revisa un pedido equivocado. Me miró como yo miro los manuscritos: buscando la verdad, no la portada. —Lo sé —dijo por fin—. Por eso vine. Las otras pueden prestar una cara. Yo puedo prestar la cicatriz. *Prestar la cicatriz.* Bajo la tinta de su piel, pensé. Bajo la de la mía. —¿Por qué tú? —pregunté, porque necesitaba escucharlo de ella. —Porque el mundo me usó ocho años como molde —dijo—. Y cuando dejé de servir, me botó sin agradecer. Sé cómo funciona la máquina por dentro. Sé sonreírle, sé mentirle, y sé exactamente dónde se rompe. —Sostuvo mi mirada—. Ustedes me necesitan a mí. Yo necesito el dinero, sí. Pero también necesito estar del otro lado de la mesa, aunque sea una vez. Aunque sea mintiendo. Le extendí la mano. —La cara se renta —dije—. La cicatriz se comparte. Bianca sonrió por primera vez. Y me estrechó la mano como se firman los pactos que no caben en papel. \* \* \* Se detuvo en la puerta, con el folio doblado en el bolsillo. —Una cosa más. El director de tu película. Julián Castro. Trabajé con él en un rodaje hace dos años. Si va a estar en la gala, cuídate. —¿Por qué? —pregunté—. ¿Es insoportable? —Es peor —dijo Bianca—. Es bueno. No mira las caras. Mira lo que hay detrás de las caras. En cinco minutos va a notar que algo no cuadra. No va a saber qué. Pero lo va a notar. La puerta se cerró detrás de ella. Camila y yo nos quedamos en silencio, en el estudio vacío, con la luz blanca de quirófano y veinte folios descartados sobre la mesa. Abrí mi cuaderno, pasé la página de las cinco reglas, y anoté la frase de Bianca debajo, como quien anota un presagio: *No mira las caras. Mira lo que hay detrás.* Todavía no sabía que acababa de escribir la regla seis. La única que de verdad iba a importar. \* \* \* **NOTA DE LA AUTORA:** "Las otras pueden prestar una cara. Yo puedo prestar la cicatriz." 🥀 Bianca ya está dentro. Y con ella, una advertencia que vale oro: Julián Castro no mira caras… mira verdades. 😳 Apuesta de la semana: ¿cuánto tardará Julián en notar que "algo no cuadra" en la gala? **Vota**, comenta tu teoría y nos leemos en el capítulo 6: **LA GALA**. 💃 — Iriangel ✍️






