Capítulo 7

Dasha Romanov

—Buenas noches, Francesco, qué gusto que ya te encuentres libre —le sonreí, usando toda mi diplomacia y el tono de voz de una abogada analítica y fría. Francesco De Angelis es el capo de la mafia italiana, un hombre lleno de cinismo y egocentrismo, lo que hacía que fuera imposible para mí acercarme a él con la misma confianza que mi hermana. No confío en él, porque sé que es capaz de cualquier traición para salvar su propio pellejo.

—Dasha Romanov, qué gusto que me permitas hablar contigo, sabes que es algo que no hacemos muy seguido —dijo, mirándome con unos ojos oscuros y penetrantes. Juro que tuve ganas de sacar mi arma y dispararle, pero tuve que contenerme a toda costa para no armar un escándalo que pudiera costarnos la vida.

—Qué bueno que te unas a nuestra conversación, hermanita. Justo ahora estaba preguntándole a Francesco cómo fue que consiguió volver a ser dueño de su libertad cuando ya había sido apresado por la FSB —cuestionó Katya, con una sonrisa llena de sarcasmo. Admiro el coraje que posee mi hermana, pero a veces su temperamento me da miedo. No sería capaz de hablarle de esa forma a un hombre que tiene toda la capacidad de cortar mi cuello cuando menos me lo espere—. Entonces, querido, me pregunto cómo fue que la FSB accedió a liberarte cuando habían luchado tanto para seguirte el rastro. Es algo que me intriga.

Todos en la mesa pensábamos lo mismo. Nada de eso tenía sentido lógico. La FSB no suelta a un pez gordo por capricho.

—Digamos que hice un trato con la agencia, en el cual ambas partes salíamos ganando —nos guiñó el ojo. El cuerpo se me estremeció, anticipando que lo que vendría después nos afectaría directamente.

Cállate, Katya, por favor, no sigas presionándolo porque vas a meternos en un gran problema.

—Francesco, tú que me conoces te podrás imaginar que soy una mujer a la que le gusta conocer todos los detalles —se burló ella, terminando el vodka de su copa de un solo trago. Todo el mundo ama el alcohol y el poder aquí—. No me gustan los misterios.

—Creo que esta vez preferirías no saber los detalles sobre mi proceso de libertad —rió con fuerza, y temí lo peor en cuanto esas palabras salieron de sus labios—. Aunque, si estás dispuesta a conocer mi situación con detalles, debo decirte que no tendré problemas en hablar con ustedes.

—Bueno, creo que nos encantaría conocer los detalles ¿O no, Katya? —le pregunté a mi hermana, buscando mantener mi fachada de abogada interesada en los negocios, recibiendo un asentimiento rápido de su parte.

—Claro que sí, necesito saber cómo lograste burlar a la ley —me siguió la corriente mientras sostenía la mirada del capo.

Katya era una mujer de armas tomar, llena de una curiosidad peligrosa que al final del día podía poner en riesgo a toda la organización. Admito que yo también deseaba saberlo todo con el mayor detalle posible, pero no era tan impulsiva ni tan fría como ella para esta clase de situaciones de riesgo extremo. Yo prefiero el análisis, el manejo silencioso del dinero y el apoyo desde las sombras.

—Hicimos un intercambio —expresó Francesco sin dudar—. El trato consistía en darles la ubicación exacta de los líderes de la mafia coreana en Nueva York y, cuando comprobaron que era real todo lo que estaba diciendo, me dejaron marchar a casa. Fue un buen negocio.

—¿Así de fácil? —me atreví a interrogar, sintiendo el peligro en el aire—. No es que los coreanos no tengan importancia, pero es muy evidente que, teniéndote a su merced, iban a intentar sonsacarte información sobre los Romanov. Ellos desean destruirlo todo sobre la Bratva. Me resulta curioso que no te hayan preguntado nada sobre nosotros.

—Cariño, resultaste ser mucho más astuta de lo que pensaba en un principio —me sonrió con condescendencia. Imité su acción, manteniendo mi máscara de mujer inofensiva.

—No me subestimes, Francesco —le advertí, guiñándole un ojo con fingida coquetería—. Nunca subestimes mis capacidades, ni las de mi familia.

—Entonces ¿Qué más les dijiste sobre nosotros? Ya sabes, más te vale decirnos la verdad —lo amenazó Katya de golpe, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

—Bueno, les expresé mi más sincera opinión respecto a su padre, Maximiliano, y les comenté un par de aspectos que conocía de su vida operativa. También les dije que tiene tres hijos que son mucho más peligrosos que él mismo, en especial la chica de fuego de la mafia.

—Saben nuestros nombres? —Katya acortó la distancia entre ellos. Sentí un frío recorrer mi espalda al saber que mi hermana era capaz de sacar un arma y apuntarle en medio del salón—. Joder, dime si saben nuestros putos nombres antes de que pierda el control.

—No les he dicho sus nombres, Katya. No soy tan descuidado ni tan estúpido como crees —respondió con una tranquilidad pasmosa. Vaya que este sujeto se tomaba los asuntos de vida o muerte a la ligera—. ¿Algo más que necesites saber para calmar tus nervios?

—Sí, hijo de puta. Dime si ellos no conocen información primordial de los Romanov —Katya sacó su arma de algún lugar que ni siquiera logré identificar debido a su gran rapidez. El italiano retrocedió un paso, visiblemente asustado. Sabía lo que era capaz de hacer mi hermana, una mujer que pasó de ser una niña rica a una asesina.

—Querida, simplemente les hablé acerca de la historia romántica de su padre, Maximiliano, y cómo este construyó su imperio. Les expliqué que tenía tres hijos y cuáles características destacaban en sus personalidades —explicó levantando las manos lentamente—. Les dije que operan desde Rusia y que se mueven cuando hay guerras.

—Muy astuto, Francesco De Angelis —le espetó, guardando el arma con la misma rapidez con la que la había sacada—. Solo espero que esa astucia tuya no se te acabe muy pronto, porque mis enemigos son los primeros en morir.

Se dio la vuelta y se alejó. Antes de seguirla, me disculpé con el mafioso:

—Francesco, espero que puedas disculpar a mi hermana. Sabes bien que suele ser bastante impulsiva —le ofrecí la mano y él, un poco incómodo, la aceptó.

—Katya tiene toda la razón de estar molesta. A ella siempre le ha gustado el control. Espero que disfrutes la velada.

Caminé tras mi hermana. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos de los invitados, le grité consternada:

—¿Qué m****a fue eso, Katya?

—Acabo de amenazar a un capo de la Cosa Nostra, así de fácil y sencillo —respondió ella, dándose la vuelta—. Se nota que todavía tienes mucho que aprender, Dasha. Ese hombre nos puso en la mira. Nadie, ni siquiera nuestros peores enemigos, conocía la cantidad de hijos que tiene nuestro padre ni nuestras habilidades específicas. Ahora la FSB y el gobierno tienen más datos sobre nosotros. Estamos en peligro real.

—Tú relájate, porque estás perdiendo los estribos —la tomé por los hombros. Esta mujer era capaz de provocar una masacre si se lo proponía—. Quédate aquí, toma un poco de aire y trata de volver en ti.

Luka apareció entre las sombras con expresión sombría:

—¿Qué carajos pasa con ustedes dos? —preguntó—. Están armando un escándalo en medio de la fiesta.

—Francesco habló con la FSB para que lo liberaran —le dijo Katya exaltada.

Esperé a que se distrajera para arrebatarle el arma, escondiéndola entre los pliegues de mi vestido.

—¡Mierda, Dasha! ¡Devuélveme la puta arma! —me susurró entre dientes, furiosa.

—Cierra la boca, Katya, o me vas a obligar a llevarte a la fuerza —respondí, imponiendo mi autoridad.

—¿Qué más dijo ese italiano? —preguntó Luka, pasándose una mano por el cabello.

—Les dio información confidencial sobre nosotros, nuestros perfiles y nuestra ubicación. Es por eso que Katya se ha vuelto loca.

—¿Qué vamos a hacer? —Luka recuperó la compostura y nos miró a ambas con frialdad—. Hay que avisarle a papá de inmediato. Él decidirá cómo eliminar este problema.

Mientras tanto, mi mente volvió a alejarse de todo este caos y peligro. Mis pensamientos viajaron lejos, al único hombre que he amado con locura. Dae. Su recuerdo y su rostro siguen grabados a fuego en mi mente y en mi cuerpo, confirmándome que jamás podré entregarle mi corazón a nadie más.

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