Capítulo 5

Dimitri Korovin

Luna es como la manzana prohibida que quiero probar a toda costa. El deseo me recorre las venas como una corriente eléctrica, una fuerza oscura y magnética que me empuja a desobedecer todos mis protocolos de seguridad. Quiero llevarla al límite, mantenerla cerca, muy cerca de mí. Es la primera vez que una mujer, una simple civil según mis registros mentales y mi entrenamiento en la FSB, me hace perder la cabeza de esta manera.

Después de llegar a mi apartamento en el corazón de Moscú, un espacio sobrio, frío y lleno de informes clasificados, la arrinconé contra la puerta de la entrada. Mis manos, acostumbradas a empuñar armas y esposas, buscaron con desesperación el contorno de su cintura, atrayéndola hacia mí. La besé con una fiereza que no pude ni quise contener. Había algo en ella que me encendía, una urgencia que me resultaba imposible de domar. Apenas sabía su nombre, no tenía idea de los secretos que ocultaba detrás de esa mirada profunda y cautivadora, pero mi instinto, el mismo que me había mantenido vivo en las calles más peligrosas de Rusia, me advertía que no debía dejarla ir bajo ninguna circunstancia.

El magnetismo entre nosotros era inevitable, casi letal. Cuando nuestras miradas se cruzaron en medio de esa galería de arte, sentí que dos mundos colisionaban. No era un simple deseo físico alimentado por la soledad o el estrés del trabajo; era una obsesión inmediata. Me negué a creer en el amor a primera vista hasta que ella apareció de entre las pinturas, disolviendo toda mi racionalidad y mi disciplina.

Esa noche fue la más intensa y visceral que he experimentado. No necesito detallar la intimidad que compartimos, pero fue como si el tiempo se hubiera detenido en un universo paralelo donde no existen los carteles, las mafias, ni los operativos de la agencia. Tener a una mujer con tanta presencia entre mis brazos me dio una sensación de poder y vulnerabilidad al mismo tiempo. Al despuntar el alba, cuando la luz grisácea de la mañana comenzó a colarse por los grandes ventanales de mi habitación, la vi de pie, completamente vestida y lista para marcharse. La luz del sol acariciaba su piel, dándole un toque etéreo, casi intocable, que contrastaba fuertemente con el carácter y la fuerza oculta que ella demostraba en cada uno de sus movimientos.

—Te dejaré mi número, esperando que me llames —me dijo con una sonrisa cómplice y un destello de misterio en los ojos, anotando los dígitos en un pequeño trozo de papel que tomó de la libreta de mi escritorio.

—No dudes que lo haré —respondí con una sonrisa, acercándome un poco más, aunque cuando tomó su bolso y se dirigió hacia la salida, el impulso me ganó por completo. La tomé del brazo con firmeza, deteniéndola antes de que pudiera cruzar el umbral de la puerta.

Se volvió hacia mí con una expresión de desconcierto. Sus facciones se tensaron y dejó al descubierto su guardia baja por un breve segundo, algo que me hizo sospechar de la supuesta inocencia de su vida.

—¿Necesitas algo, Dimitri? —preguntó, enarcando una ceja de manera desafiante. No era la reacción de una abogada asustadiza; era la reacción de alguien que sabe cómo defenderse.

—Quiero darte todo —confesé, mirándola fijamente, sintiendo una sinceridad inusual en mis palabras—. Si fueras mía, te protegería de todo lo que hay afuera. No quiero que te vayas; quiero que te quedes conmigo.

Me miró en completo silencio. Su rostro endurecido se suavizó lentamente, aunque se mantuvo cautelosa.

—Apenas me conoces —fue lo único que pudo decirme, regresando hacia mí con una sonrisa a medias, una mezcla de incomodidad y atracción evidente—. Tuvimos una conexión desde el principio, es verdad, pero no entiendo del todo lo que acabas de decirme.

Suspiré, tratando de organizar mis pensamientos para no asustarla con la intensidad de mis sentimientos, que me golpeaban como un tren de carga.

—Puede que no conozca toda tu vida, Luna, pero llegaste a mí como la única luz en este trabajo lleno de sombras —le expliqué, buscando la manera de hacerle comprender lo que me estaba pasando—. Me has vuelto loco. En realidad, creo que me he enamorado de ti desde el primer instante en que nuestros ojos se encontraron.

Ella soltó una pequeña risa, bajando la cabeza, visiblemente avergonzada. Pero, para mi sorpresa, me tomó por la nuca con una firmeza inesperada y nos fundimos en un beso profundo y ardiente que encendió de nuevo el fuego entre nosotros.

—Ahora lamento haber pensado que era la única en esta habitación que se sentía de esa forma —murmuró, con los ojos brillando de una manera que hizo que mi pecho se apretara con fuerza—. Nunca dejo que alguien se me acerque tanto en tan poco tiempo, no obstante, contigo todo es diferente. No sé por qué, sin embargo, desde el momento en que tu mirada se cruzó con la mía, todo ha sido maravilloso.

—Entonces, ¿qué hacemos con esto? —pregunté, acercándome a su cintura con extrema delicadeza—. Estoy esperando a que me digas qué es lo que piensas antes de abrirte mi corazón por completo. Es una locura sentir esto por alguien a quien apenas conozco, pero no puedo negarlo.

Ella se apartó un poco y me miró con una madurez sorprendente para su edad.

—Soy una mujer joven, veintiún años, pero he estudiado leyes y entiendo cómo funciona la justicia en este país, además de que mi vida ha sido bastante complicada —me dijo, midiendo cada una de sus palabras con una precisión casi quirúrgica—. Me gusta el peligro, Dimitri, es algo que no puedo negar. Si estás buscando en mí un refugio, lo encontrarás. Tenemos la oportunidad de conocernos con mayor profundidad, y veremos qué sucede. Pero debes tenerme paciencia, soy una mujer desconfiada.

—Cariño, no me molesta en absoluto ayudarte con eso y superar tus inseguridades —le aseguré, acariciando su rostro—. A mis veinticinco años, he visto suficiente de las sombras de Rusia. Mi trabajo en la FSB me ha enseñado a leer a las personas, y sé que tienes un buen corazón.

Ella apartó la mirada por un instante, un gesto evasivo que de nuevo encendió mis alertas internas. ¿Por qué se escondía detrás de esa fachada si sus reacciones eran tan distintas a las de una civil? Me miró fijamente, con una intensidad que casi me intimidó:

—Hablas como si fueras mucho mayor, pero la verdad es que ambos tenemos nuestro trabajo —dijo, intentando desviar la atención—. La FSB nunca descansa, es un trabajo arduo, pero que te llena de satisfacción por buscar el bien.

—Cierto, siempre hay criminales a la orden del día. Es algo inevitable, como las grandes familias de la mafia, como los Romanov, que siguen operando. Aunque nuestro principal objetivo es desmantelar todo su imperio.

Al mencionar a los Romanov, noté un cambio imperceptible en su postura. Sus ojos se oscurecieron por un segundo, antes de recuperar esa sonrisa cautivadora.

—Mientras tú juegas a atrapar a los de abajo, hay muchos operando en las sombras que se te escapan de las manos —comentó con una frialdad gélida que me sorprendió—. Incluso del lado de la justicia, a veces tienes que dejar ir a ciertas personas. Pero bueno, ya no me importa eso cuando estoy contigo.

Su confesión me dejó desconcertado, pero la cercanía de su cuerpo me hizo olvidar cualquier duda. Me acerqué y le planté un beso en la frente, sellando la promesa de volver a vernos.

—Te veré muy pronto. Tan pronto como tengas un momento libre, escríbeme y dejaré todo lo que esté haciendo para correr hacia ti. Quiero que nuestra relación vaya mucho más allá de una simple noche. Quiero amarte con tus defectos y virtudes, y amarte a ciegas bajo el cielo de Moscú.

—También quiero tener el placer de disfrutar contigo de dicha forma —me recalcó, plantando un corto beso sobre mis labios antes de separarse—. No imaginas lo mucho que estoy esperando verte de nuevo. Nos convertiremos en los amantes más honestos.

Después de ello, salió del apartamento, dejándome perplejo y con un mar de emociones revueltas. El día en que Luna llegó a mi vida, no sabía lo mucho que iba a significar, pero estaba dispuesto a descubrir todos los secretos que escondía detrás de esa supuesta vida de abogada.

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