Mundo ficciónIniciar sesiónDasha Romanov
Pablo me llevó hasta Moscú mientras conversábamos sobre la situación actual de la mafia. Hemos empezado a tener varios problemas con los otros grupos gracias a la distribución de los territorios esenciales para el tráfico de sustancias y el control del hampa. El viaje fue largo, pesado y lleno de un silencio tenso que se podía cortar con un cuchillo. Apenas llegué al hotel, me di una ducha larga y caliente, intentando lavar de mi piel la tensión, el miedo y la rabia que me oprimían el pecho desde que mi padre nos dio la orden de huir. Me puse ropa cómoda, me senté al borde de la cama, rodeada de las cuatro paredes blancas y estériles de la habitación, y me dispuse a llamar a mis hermanos para asegurarme de que estuvieran a salvo, empezando por Luka.
—¿Luka? —pregunté, con la voz ligeramente temblorosa, esperando escuchar alguna respuesta de su parte. Lo necesitaba, necesitaba anclarme a la única persona en este mundo que sentía como mi verdadero hogar.
—Hola Dasha, aún sigo en el helicóptero por lo que te llamaré cuando aterrice. Me pregunto si ya has llegado a Moscú —lo oí suspirar al otro lado de la línea, un sonido que me devolvió la calma que tanto me faltaba—. Estoy muy cansado, el viaje ha sido una pesadilla, pero ya casi estamos fuera de la zona de riesgo.
Mi hermano era mi mundo entero, lo quería más que a nadie en esta vida, aunque fuera incapaz de admitirlo en voz alta frente a los demás.
—Sí, acabo de llegar al hotel —respondí, al mismo tiempo que me preparaba para acostarme en la cama y mirar hacia el techo, sintiendo el peso de la soledad en una ciudad que ya no sentía mía—. Está bien, voy a estar esperando tu llamada, así que no te olvides de hacerlo, Luka. Por favor, cuídate mucho.
—Por supuesto que lo haré, no te preocupes, hermanita —colgó la llamada.
El tono de despedida resonó en el auricular. Me quedé mirando la pantalla del teléfono, respirando hondo, y me apresuré a marcar el número de mi hermana mayor, esperando que ella ya hubiese llegado a su destino final y estuviera fuera de peligro.
—Hola Katya... —murmuré.
—Oh, Dasha, también estaba a punto de llamarte. Acabo de llegar a Italia, así que tengo que prepararme para un par de asuntos... es decir, tengo que prepararme para comenzar mis propias vacaciones —se rió con un entusiasmo que no encajaba para nada con la gravedad de nuestra situación.
—¿Vacaciones en medio de esta locura? —Me burlé, dejando escapar una risa seca—. Pareces una broma de mal gusto, Katya. ¿En serio crees que estamos de vacaciones?
—Claro que sí, tonta, ¿no vas a creer que voy a estar encerrada en una habitación de hotel viendo a las paredes y durmiendo? Ni estando loca, saldré a disfrutar de todo lo que está a mi alrededor. Hay que sacarle algún provecho a esta situación de m****a en la que estamos metidos de nuevo —lloriqueó al final—. Puta mafia, de verdad que ya no aguanto esta vida.
—¿No sientes miedo? —Reí, aunque el sonido carecía de verdadera alegría. Mi hermana era todo un personaje, una mujer a la que admiraba y, admito que, en ocasiones, también llegaba a tenerle miedo por lo fuerte, letal e implacable que era.
—¿Acaso tú sí lo sientes? —Contraatacó de inmediato.
Me quedé en silencio. Sí, claro que tenía toda la razón. A estas alturas de nuestra vida, el miedo era una emoción que habíamos enterrado hace mucho tiempo. Era imposible sentir miedo a pesar de que todo el tiempo pensábamos en si iba a ser posible que la justicia alguna vez lograra capturar a alguno de nosotros, si terminaríamos en una celda oscura o bajo tierra. De alguna forma, ya estábamos completamente acostumbrados a toda la m****a que nos rodea desde el día de nuestro nacimiento. El peligro era el aire que respirábamos.
—No. A este punto, lo único que logro sentir es mucha rabia. Una rabia que me quema por dentro —aclaré, apretando la tela de la sábana con mis dedos—. Así que haré lo mismo que tú. Voy a disfrutar de unas cortas vacaciones mientras mi padre arregla sus estúpidos problemas con todo el mundo y nos dice a dónde tenemos que ir.
—El problema con los españoles ya está arreglado así que todo está bien —me aseguró con voz firme y protectora—. Solo tenemos que escondernos de los árabes y no tendré piedad en matar a quien se atreva a tocarme tan solo un pelo. Y eso no debes olvidarlo, Dasha, que aunque seas una criminal de lo peor, nadie tiene el derecho de tocarte ni de hacerte daño. Eres una Romanov.
—Me lo has enseñado muy bien, hermana. Por supuesto que no hay manera de que lo olvide.
Me quedé conversando con Katya durante mucho tiempo, desahogándonos de la tensión acumulada, hasta que el cansancio y el sueño comenzaron a apoderarse de mi cuerpo y tuve que obligarme a mí misma a colgar la llamada.
Al día siguiente, me desperté tarde. El cielo gris de Moscú se filtraba por la ventana, recordándome la frialdad de esta ciudad a la que ahora temía llamar hogar. Vi la televisión hasta el mediodía, comiendo algo ligero que el servicio a la habitación me había dejado, y luego de arreglarme y maquillarme con cuidado, salí a dar una vuelta por las calles adoquinadas. Quería despejar la mente, alejarme por unas horas de las sombras del imperio. Caminé sin un rumbo fijo, perdida en mis pensamientos, hasta que encontré una galería de arte que cautivó toda mi atención por su fachada imponente y la luz que salía de su interior, por lo que decidí entrar lo más pronto posible.
A pesar de mis gustos extraños y de la vida que me obligaron a llevar, siempre me ha gustado apreciar el arte en todas sus formas. Era el único lugar donde podía ser otra persona, donde no era la lavadora de dinero ni la hija del Pakhan. Así que me perdí en cada pintura al mismo tiempo que trataba de admirarlo todo con una sonrisa fingida pero necesaria en el rostro.
—¿Te gusta esta pintura? —una voz masculina y profunda me preguntó, sacándome de golpe del mundo en el que estaba metida.
—¿Disculpa? —Me di la vuelta lentamente, encontrándome con un hombre más alto que yo, de cabellera castaña y ojos azules que parecían atravesarme el alma. Él era muy guapo, con una presencia dominante, y su sonrisa era simplemente encantadora.
Puede que me sienta atraída hacia el desconocido físicamente. Nunca he sentido algo como tal. Fue una sacudida eléctrica que me recorrió desde la nuca hasta los pies, algo prohibido, algo que no debería sentir estando en la situación en la que estoy.
—¿Te gusta esta pintura? —Volvió a preguntarme con una calma inquietante.
Esta vez, asentí, insegura. Me había sorprendido de repente, lo que no me permitió pensar con claridad ni preparar una buena defensa para mi falsa identidad.
—Sí, es muy bonita... —murmuré. Me sentía pequeña frente a él, puesto que, sin razón alguna, me había puesto muy nerviosa. Mis manos comenzaron a sudar.
—Bueno, la verdad es que es muy bonita también —me sonrió una vez más, dándome un paso de espacio personal, antes de continuar con una voz aterciopelada y cautivadora—. Mucho gusto, mi nombre es Dimitri Korovin. Es un placer conocerte.
—Luna, un gusto conocerte —le respondí, mintiéndole acerca de mi verdadera identidad y el propósito de mi visita.
La falsa identidad que mi padre había creado para mí era la de una exitosa abogada proveniente de Moscú. Esa era yo ante el mundo. A pesar de que no estaba de acuerdo del todo con eso, era mi única opción y la única manera de vivir, o al menos intentarlo por un par de horas en medio de este caos.
—¿A qué te dedicas, Luna? —me preguntó, mirándome con una intensidad que me hizo dudar de si realmente creía mis mentiras.
—Yo soy abogada. Así que lucho para la justicia todos los días. Aquello es lo que me saca adelante y me da fuerzas.
La mentira salió de mis labios de forma natural, pero en el fondo de mi mente, sonaba como una burla cruel. Una criminal hablando de justicia.
—¿Y usted? ¿A qué se dedica?
—Pertenezco a la FSB... —contestó a mi pregunta.
Esas palabras me helaron la sangre por completo en tan solo un par de segundos. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones y que el corazón se me detenía en la garganta. Demonios, Dasha, estás a punto de jugar con fuego.
De todas las personas que podía conocer en este mundo, en esta ciudad tan grande... ¿Tenía que conocer a un agente de esa asociación? Esa misma asociación que tiene la capacidad de hundirme a mí, a mi familia y a todo el imperio Romanov por completo. ¿Esta puede ser una simple casualidad o el destino está presentándose frente a mí y me está advirtiendo que me aleje antes de que sea demasiado tarde?
—Oh, entonces ambos estamos del lado de la justicia —sonreí, obligándome a mantener la compostura, buscando continuar con nuestra conversación para no levantar sospechas—. Me alegra encontrar a una persona que tenga las mismas ilusiones que yo.
—¿Te gustaría salir de aquí? —Me cuestionó, dando un paso más, encendiendo una parte de mí misma que desconocía y que me asustaba.
Sabía que estaba a punto de equivocarme. Sabía que, si decidía hacer esto, seguramente no habría vuelta atrás. Estaba jugando con la muerte misma. Aunque mi timidez me estaba enloqueciendo, no sabía qué decirle. Sentía un caos en mi interior. Mi despecho y mi curiosidad por el peligro terminaron accediendo a cometer una locura tan grande.
—Me encantaría —susurré, dándole una mirada de complicidad, mientras el frío de la galería se mezclaba con el calor de la adrenalina. Hoy, sin saberlo, era el inicio de mi condena.







