—Majestad, buenos días— Bosteza con pereza mientras se estira. —Me alegro que haya venido.
—¿Qué haces aquí? Puedo notar que no has regresado a tu cuarto en toda la noche.
—En efecto, majestad— Estira su espalda con mucha flojera, parece que se ha dormido encorvado. —He estado aquí cuidando de la señorita Ginebra.
Escuchar esto me llena de alivio, me señala con su dedo la dirección en donde se encuentra mi amada Ginebra, sin perder tiempo, me encamino en su dirección, pero él se interpone en mi