El doctor Castillo con una expresión de alivio le sonrío a Gabriela y le dijo, está bien hija, no te preocupes, no tengo nada que perdonarte, ustedes dos heredaron mi carácter terco y necio. Así, que les pido a las dos que por favor terminemos nuestra cena en paz y en armonía.
Gabriela le dio muchos besos en la mejilla y le dijo.
— ¡Por supuesto que sí mi papito bello, te quiero mucho!
— ¡Y yo a ti, a hija mía!
Daniela, que miraba la actuación hipócrita de su hermana, respiro profundo y se fu